Annika Sunne (ella/elle) nos presenta en Casa espacio como si despertaramos dentro de un sueño suave, lúcido y acogedor, esta exposición nos ofrece una experiencia que escapa a los ritmos de la ciudad: la posibilidad de contemplar lo casi invisible, lo que ya no se permite ver. En el centro de la sala, un fragmento de musgo –más que una instalación, un umbral– se presenta como pedazo arqueológico de una intimidad desaparecida, una especie de sofá vegetal que invita a recostarse, mirar al cielo y simplemente estar. 

La artista recupera el recuerdo no como imagen, sino como gesto instalativo: deja que la materia hable, se deja atravesar por ella. Su práctica es una forma de escucha, una forma de atención que no impone sino que acompaña. Lo que se despliega aquí es una ofrenda, una escena compartida donde el arte no se exhibe sino que se respira, se pisa, se habita.

Obra de Annika Sunne en Casa espacio / Rubén González – ARTCULT

La obra se completa con la presencia de les demás: no existe sin los cuerpos que se entregan a ella, sin quienes se tumban, caminan, se emocionan. Añorar el gesto de mirar las estrellas tumbadas en este musgo blando –y convertir ese anhelo en arte– es también un acto político, una forma de resistencia a la espectacularidad y la lógica del rendimiento. Aquí el arte se piensa desde la honestidad, desde lo pequeño, desde una radical ternura.

Obra de Annika Sunne en Casa espacio / Rubén González – ARTCULT

Como una memoria que brota desde la infancia y se instala sin pedir permiso, esta pieza es también un conjuro sensorial: nos envuelve con sonidos, nos invita al juego y a la conexión. Hay algo profundamente espiritual en esta reconexión con la tierra y con el cielo, como si tumbarse a mirar las estrellas fuese una forma antigua de oración, un rezo sin palabras.