Últimos días! Solo quedan dos semanas, hasta el 17 de agosto, para visitar la exposición de Marta Palau en el Museo Tàpies.
“El arte es magia y libertad”, escribió y repitió Marta Palau (Albesa, 1934 – Ciudad de México, 2022) a lo largo de su vida, como quien lanza una consigna o un conjuro. No lo decía como metáfora, sino como quien conoce la fuerza real de las palabras. Palau entendía el arte como un espacio de conexión profunda, como un gesto capaz de invocar otras formas de saber, de curar, de habitar.
En 1985, mientras preparaba la exposición Mis caminos son terrestres en el Palacio de Bellas Artes, Marta formuló por primera vez, de manera consciente, esa relación íntima entre arte y magia. Ese título, que también da nombre a una de sus obras, no es solo una frase: es una raíz, una brújula, una declaración vital. Porque para ella, caminar la tierra —pisarla, recordarla, invocarla— era también una manera de resistir. Una forma de devolvernos a lo humano, no como ideal abstracto, sino como cuerpo, como barro, como naturaleza que siente.

Sin pretenderlo, Palau recogía la herencia de imaginarios visionarios como los de Leonora Carrington o Remedios Varo, también habitantes de ese México que supo alojar lo fabulado. O incluso, como le sugería una amiga, su obra resonaba con las prácticas telúricas y corporales de Ana Mendieta. Todas ellas, desde distintas grietas, tejían una misma pregunta: ¿cómo volver a pertenecer al mundo sin dominarlo? ¿Cómo convocar lo invisible sin necesidad de traducirlo?
A los diez años, Marta decidió que el arte era su camino. Le fascinaba la química, su capacidad para transformar la materia, para hacer hablar lo invisible. Y esa intuición alquímica la acompañó siempre: arte como transmutación, como cuerpo en proceso, como huella ritual. Sus obras no se imponen, se ofrendan. No buscan representar, sino activar. Son acciones de raíz, respiraciones de tierra, gestos de escucha.

¿Qué deja el cuerpo en la tierra cuando pasa? ¿Qué inscribe la tierra en el cuerpo cuando se la toca? El arte, para Marta Palau, era una forma de responder sin palabras. Un espacio donde lo mágico no es escapismo, sino herramienta. Donde lo sensible es también político. Y donde todo lo que crece —aunque parezca invisible— siempre vuelve.

