La ciudad es el territorio donde Ludovica Carbotta despliega en Espai 13-Fundació Joan Miró su práctica artística. En sus esculturas, performances, arquitecturas ambulantes, dibujos, textos y películas, lo urbano aparece como un laboratorio de ensayo y error, un espacio crítico, tentativo, a veces abstracto o, como ella misma afirma con mayor determinación, un modelo. Un modelo donde reactivar algunas de las múltiples dimensiones de aquel “derecho a la ciudad” formulado por Henri Lefebvre, en un tiempo de consensos férreos que han dejado en segundo plano la expectativa de transformar la vida cotidiana a través de la autogestión del espacio y del tiempo. Carbotta impulsa —quizá de manera más radical— otra vía: la de la autoconstrucción. Y, en ese gesto, desarma uno de los antagonismos más persistentes del pensamiento político contemporáneo: el binomio entre modelo y camino.

Entrar en Constructoras de mundos muy parecidos al nuestro es entrar en un escenario en constante construcción. O, más bien, en reconstrucción, pues, aunque la exposición reúne obras de nueva producción, se concibe como la reformulación de un proyecto iniciado en 2009, motivado por una inquietud que la artista no ha abandonado desde entonces: evidenciar la extrañeza de los espacios que habitamos y desvelar el carácter ficcional —o construido— de los mecanismos que definen nuestra relación con lo urbano. En otras palabras: mostrar lo anormal que habita en lo que llamamos normalidad.

El título, como es habitual en Carbotta, opera como clave de lectura de su universo. Ese “parecido” no busca la réplica exacta ni la traducción fiel, sino que rechaza tanto el hechizo de lo desconocido como la promesa redentora de lo nuevo. Prefiere moverse en un territorio de simulación, deformación, identificación, desproporción, extrañamiento o parodia. La medida de semejanza o disonancia con la realidad no es una respuesta, sino una pregunta suspendida.

Richard Sennett advertía que, en la ciudad, las familias y las comunidades pueden convertirse en barreras para la maduración, pues tienden a replegarse y alimentar resentimientos sin espacios de expresión. Para Carbotta, el desorden —la protesta, la revuelta, la fricción— es terreno fértil para la creatividad. La armonía y la convivencia no se logran refugiándose en lo probable. Por eso, sus piezas están concebidas para ser activadas: por la acción que ya ocurrió y por la que está por venir. Un modelo sólo sirve si se utiliza, y que la respuesta a “para qué sirve” no sea inmediata es, al mismo tiempo, inquietante y liberador.

La obra de Carbotta propone un ejercicio constante de reapropiación performativa que estimula la imaginación colectiva. Su potencia reside, precisamente, en ese carácter abierto, mutable, siempre dispuesto a reconfigurarse.