José Luis Barquero inauguró anteayer en la galería Mayoral de Barcelona su nueva exposición, El Muladar. La muestra despliega una pintura atravesada por el expresionismo, donde la figuración se convierte en territorio de desgarro y de intuición. Barquero pinta lo que siente: pensamientos que se transforman en imágenes cargadas de un tenebrismo íntimo, de una tristeza que no se oculta, sino que se expande en manchas, gestos y errores asumidos como revelación.

En su texto de sala, Gabriel Ventura evoca la figura de los buitres hambrientos: metáfora inquietante de cómo nos alimentamos de lo que miramos, caníbales de la propia fuerza visual de las imágenes. Una de las pinturas muestra una figura con túnica roja, sostenida en su fragilidad, que parece hablarnos de la escoria, de la carne entregada en aquel lugar donde los buitres descienden a alimentarse. El eco de las culturas tibetanas resuena aquí: en ellas, los cuerpos de los muertos son dejados a merced de las aves rapaces, en un gesto de retorno absoluto a lo sagrado.

El Muladar recoge ese espíritu de entrega. Ocho piezas, ocho escenas distintas, articulan un ciclo que oscila entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre lo bíblico y lo inmediato. Cada cuadro nace de la intuición pero también de un trasfondo histórico y arquetípico: todo lo que ha ocurrido puede volver a suceder, y en esa repetición se reconoce la potencia del símbolo. Las pinturas vibran con una energía intemporal, resonando tanto en nuestro presente como en tiempos remotos, como si pertenecieran a todas las épocas a la vez.

