Somos una especie que habita cuevas. No estamos hechas para dormir a la intemperie: perdimos el pelo y la piel se volvió cada vez más fina. Las moradas nos protegen, nos guardan del frío, sostienen nuestros huesos. En sus rincones se acumulan restos de historias: sábanas que marcan la piel, utensilios que se desgastan al rozarnos, fragmentos que cargamos como segunda piel o que cuelgan de nosotros como apéndices inútiles. El cuerpo convive con las ruinas, en un rompecabezas de piezas forzadas a encajar, y se transforma con cada umbral que cruza. Agradecemos, en susurro, esos refugios, esas geografías íntimas que nos acogen. Derecho primero, eco ancestral: hallar un lugar donde reposar los huesos.

De esta premisa parte «Anar per terra», proyecto de María Camila Sanjinés en el Bòlit PouRodó despliega una serie de instalaciones cerámicas como metáfora de nuestras formas contemporáneas de habitar los márgenes. La tierra se convierte aquí en matriz germinal y en depósito de memorias, interrogando tres dimensiones esenciales: la necesidad humana de refugio; la experiencia de vivir en la fisura, en los “no lugares” que tensan la identidad y revelan la grieta como territorio fértil; y la creación colectiva como acto de recomponer lo fragmentado.

El proyecto se concibió como proceso integral: investigación y resultado. En colaboración con La Incòmoda —colectivo del barrio de Sant Narcís que desde hace años reflexiona sobre la crisis habitacional—, se llevaron a cabo talleres en los que el barro fue vehículo y lenguaje. Allí se moldearon historias, se compartieron gestos, se vio caer y renacer la materia. La caverna, El vacío y La planta de una casa de la memoria fueron los nombres de esos encuentros, donde las manos tradujeron lo que las palabras apenas rozan.

En este trayecto, Sanjinés contó con la complicidad de Manel Quintana en el desarrollo expositivo y de la ceramista Provi Casals en el acompañamiento técnico de las piezas. El proyecto se teje también con el soporte de la Associació Cultural La Volta, el Bòlit y las entidades vecinales y culturales de Sant Narcís, entrelazando capas de memoria comunitaria y fragilidad material.
«Anar per terra» se despliega así como un gesto de resistencia y gratitud: la tierra como refugio, grieta y promesa de transformación.

